David Rabinovich
Cuando los años pasan, pesan. A unos más, a otros menos. Como decía un amigo viejo: Me levanté con las entendederas entorpecidas; me pasa seguido.
Difuminado por el tiempo aparece algún recuerdo al que me aferro con nostalgia; en este caso el Liceo de Canelones donde cursaba Preparatorios. En clases de Filosofía hubo un tema que me interesó mucho: Hegel y la dialéctica; el idealismo y el materialismo… La curiosidad me llevó a la biblioteca donde encontré a Hegel en francés. Un desatino total pretender leerlo a esa edad y en un idioma en el que no me manejaba, a pesar de los inconmensurables esfuerzos de mis queridas profesoras. ¿Se llamaban todas Raquel o la memoria también me traiciona en esto?
La IA (¡qué moderno estoy!) acude en mi auxilio: “El pensamiento concreto es un tipo de pensamiento que se centra en objetos reales y tangibles y en el momento presente en lugar de ideas abstractas.” No, no era esta la idea.
Dice la Wikipedia: “La dialéctica hegeliana es un método filosófico del filósofo alemán GWF Hegel que explica cómo la verdad, los conceptos y la Historia progresan a través de la resolución de contradicciones internas.” Está más cerca, pero no es esta idea tampoco la que busco.
“La dialéctica hegeliana es un Método filosófico creado por Georg Wilhelm Friedrich Hegel para explicar el cambio y la evolución de la realidad y del pensamiento a través de la contradicción y su superación.” Estoy casi, pero no es lo que me ronda el magín.
Vamos más atrás en esta historia. Mi padre me compró un montón de clavos grandes, me dio algunas tablas de eucalipto, un martillo y un serrucho. Yo quería hacer un banquito. En mi imaginación infantil podía verlo. ¡Qué lindo era! Prolijito, firme, pulido y pintado. Tendría que haber pedido pino o álamo. No pude cortar ni un pedazo. No le entraban ni los clavos a aquella malvada madera. Pero me pasé horas tratando de hacer un banquito y los clavos se los metí a unas leñas que había en la tintorería. Son recuerdos hermosos y una gran lección de vida.
Lo primero es imaginar algo, saber qué queremos hacer. En el origen de cualquier proyecto está la idea. Para realizarla es necesario tener elementos materiales adecuados, suficientes, o inventar algo que podamos hacer con lo que hay. Siempre se puede -de última- pasar el rato, jugar y distraerse.
Supongamos que se presenta algún problema que queremos solucionar, alguna situación que queremos arreglar. Surge alguna contradicción entre la realidad y lo deseable ¿Lo correcto? ¿Lo justo? ¿Un capricho? ¿Algún deseo desenfrenado? Una idea o muchas, son el origen de nuestras buenas o malas intenciones. Pasar a la acción es otra etapa. No es lo mismo querer que nuestros vecinos vivan bien, o por lo menos mejor, que desear vivir mejor que ellos. Que en general viene a ser: tener más y mejores cosas que mis vecinos.
Cuando era joven los “libertarios” querían una sociedad de iguales, solidaria, justa, fraterna. ¡Anarquistas eran los de antes! Ahora se auto titulan libertarios quienes se oponen a la pública felicidad compartida. Están en contra del progreso, las vacunas, el feminismo, los sindicatos, las cooperativas, no creen en el cambio climático. Defienden el egoísmo, odian y proclaman su racismo, sin vergüenzas defienden “pos verdades”.
No logramos imaginar un futuro para la humanidad alternativo al capitalismo, aunque es el origen de las graves contradicciones que nos desafían. Y aunque algunos intentamos armar ese “banquito”, parece que no sabemos cortar de forma adecuada las tablas y menos poner algún clavo que se sostenga y sostenga algunas estructuras para avanzar. Si no logramos imaginar un futuro que no sea capitalista: ¿tendrá futuro la humanidad?
“La pensée concrète” son las ideas hechas realidades. Bueno, no tenemos las ideas y por eso sentimos lejana y ajena esa “otra realidad posible”. Otro mundo ¿es posible?